Okey.
Mañana es el gran día.
Mañana será el día en que visitaré mi casa de la infancia, el lugar que tanto amé y en el que viví una parte muy importante y significativa de mi vida, ese lugar que quedó congelado en el tiempo justo cuando mi vida dejó de tener sentido.
Tengo algo que decir? Si.
Pensar en ese lugar, pensar en todo el tiempo que planeé o idealicé que podría hacer esto es como ver hacia el campo de girasoles marchitas.
Recuerdo que en algún momento brillaron, florecieron y se vieron tan preciosas que quedaron como un recuerdo perfecto impregnado en mi mente. Pero para volver a ver esas flores bellas y radiantes tengo que recorrer el camino de girasoles marchitos que dejé atrás. Un pasillo deprimente, oscuro, embellecido con brillantina y burbujas pero que sigue despidiendo ese hedor a carne podrida y sangre seca.
Voy de la mano del espectro de mi novio, lo que lo hace aún más significativo.
Eso no significa que no tenga miedo.
Porque volver a transitar la calle del trauma de mi preadolescencia será como quitar la costra de sangre seca de un bean la mañana siguiente; por más orgullo que haya en ver mi cicatriz, debajo se ve la hipodermis completamente podrida, comienza a sangrar otra vez y duele mucho más.
Pero en mi camino por cerrar todas las heridas del anhelo antes de escapar con el amor de mi vida y ver de nuevo a mi mejor amigo debo de recorrer ese sendero de flores muertas al menos una última vez.
Así que aquí estoy.
Mañana, acompañado de un fantasma, voy a regresar a mi casa de la infancia.
-Burn!
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